EL VOCERÍO DE LA VIDA, por José Antonio Marina


“Pasé toda mi infancia en una biblioteca, un poco destartalada y variopinta, herencia de mi abuelo, que fue un intelectual atípico. Era una habitación grande y alta, con estanterías que llegaban al alto el techo, por las que de niño me gustaba trepar. Tuve, pues, la suerte de criarme entre libros, y continúo entre ellos. Compro muchos y me regalan más. Sospecho que se reproducen y trasladan por la noche, porque a pesar de haber decidido que no van a ocupar una habitación de mi casa, una especie de reducto o reserva analfabeta, no lo consigo. Me vencen (tal vez porque soy su inconsciente aliado). Inopinadamente aparece un libro o un montoncito en una mesa, un sofá, o, simplemente, en el suelo. Son las avanzadillas prestas a colonizar el espacio vedado.

A pesar de que leía mucho y tenía poco dinero, durante mi adolescencia apenas acudí a la Biblioteca Pública de Toledo, mi ciudad natal. Era una biblioteca con fondos magníficos, pero tan solemne y lúgubre que disuadía de entrar. Ahora visito muchas bibliotecas y me proporciona una gran alegría ver el cambio que han experimentado. Suelen ser locales alegres y, en muchos de ellos, hay lugares especiales para que los niños jueguen, como jugaba yo, con libros y entre libros. Además, han ampliado sus actividades, y se han convertido en centro de irradiación cultural.

Sin embargo, a pesar del estupendo servicio que ofrecen, a pesar de que el nivel de vida permite comprar libros, a pesar de que se regalan con periódicos y revistas, no conseguimos que la gente lea. El asunto me preocupa tanto que en estos momentos ando escribiendo un librito que se titulará: “¿Se puede recuperar la magia de la lectura?”. Para que así fuera –o, mejor, si así fuera- las bibliotecas deberían convertirse en lugares mágicos, contradictorios dominios de la realidad y la irrealidad, de la fantasía y el documento.

Hay dos formas de percibir una estantería llena de libros.
Una es torpe y superficial: sólo ve libros. Otra, en cambio, es más profunda y, como todo lo profundo, poética. Lo que ve es el contenido de los libros, la convivencia, maravillosa e incongruente, de las aventuras y la reflexión, del libertino don Juan y el piadoso Santo Tomás, de Neruda cantando a las pequeñas cosas, y de Nietzsche cantando al superhombre.

Harry Potter y don Quijote: dos casos de encantamiento. ¿Y si los mezcláramos?¿Y si Harry Potter fuera el mago que embrujó a don Quijote y le hizo salir a pelearse con molinos que, previamente, el infantil mago había convertido en gigantes. En mi biblioteca, Machado canta su haiku: “Por el olivar/ se vió a la paloma/ volar y volar”. Y Basho, el poeta japonés del XVII, le responde: “El asunto del árbol, apréndelo del árbol”. Y un tercer poeta se encrespa: “Andaluces de Jaén, aceituneros altivos”. Hay una dichosa algarabía, un debate permanente, una juerga conceptual, una brillante cosecha de aforismos, una floración de conceptos, un río de metáforas, en mi biblioteca. Para los que no entienden, mi biblioteca es un remanso de paz. Pero yo conozco sus secretos, oigo la corriente de vida, la torrentera, veo los paisajes agrestes, oigo el viento que circula tras los confortables lomos de los libros. Y sobre todo, las voces. No, desde luego, las acordadas voces de un arcangélico coro bien entonado, sino el vigoroso vocerío de la vida, pasada, presente y, si me apuran, futura.”


Visto y leído en: Mi biblioteca: La revista del mundo bibliotecario, ISSN 1699-3411, N. º 1, Abril 2005, pág. 13. Fundación Alonso Quijano

Sobre el autor: WEB OFICIAL de José Antonio Marina Torres, filósofo, escritor y pedagogo español.

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Pintura: ©Rob Gonsalves, "Towers of Knowledge"

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